Yo lo recuerdo bien, empezaba yo entonces a dedicarme en serio a pensar en el arte. Primero conocí sus obras pero nunca pensé que un día él me estaría invitando a tomar un par de cervezas una tarde no tan agradable en Granada. El ruido de una banda de guerra interrumpía el comentario de las voces que debajo de un árbol de laurel se perdían entre cantos de las golondrinas que llegaban a dormir; las hojas caídas sobre las sillas rojas, la basura volando cerca de la mesa de marmol redonda, típica de los cafés de Viena.
Él me decía que debía creer en mis sueños pero debía trabajar
fuerte para realizarlos. Yo le pregunté varias veces cómo era la
visión de sus sueños pero nunca me dijo la verdad... yo sé, a él le
gustaba mi novia de entonces, una alemana, a él y a mi nos
gustaba cuando ella bajaba vestida con su traje rojo, descalsa, por las
escaleras, con su pelo amarrado y en el cuello colgaba un collar de
piedras, sonrriente siempre Stephi.
Una vez ella me comentó que Armando
le propuso dibujarla en una habitación que él rentaba en el Hotel
Alhambra pero ella se negó. Ahora estoy en Vienna, sentado en una mesa
igual a esa cuando, esta vez me llegó la noticia del viaje final del
profesor, esta vez Armando ya no está. Voy a extrañar al maestro, el
que siempre fue una estrella brillante para Nicaragua. A ese hombre hay
que seguirlo.

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